viernes, 23 de enero de 2009

REPASO HISTORICO DE LA GUAJIRA

La Guajira es la tierra del cactus, del mar y la sal. Y tras el voluptuoso panorama de Manaure, donde están los pozos salinos, tiene la oscura belleza del paisaje carbonero.
La Guajira es una tierra salvaje, como sus espinosos senderos, pero amable, como su gente; puede uno sufrir por una varada en medio del desierto, pero también puede acampar al pie del faro más septentrional de Suramérica, en el Cabo de la Vela.
Así como sus colores son los extremos, el blanco y el negro, también así lo son sus costumbres y sus formas de vida: un desarrollo "absoluto" y repentino, que se confunde con una pobreza absoluta.
Además, si Colombia es un país de vernáculas tradiciones, en La Guajira se conservan las más puras costumbres.
Y sólo el río Ranchería, que pasa muy cerca al complejo de El Cerrejón para luego atravesar las desérticas tierras de la parte alta, es testigo simultáneo de sus dos caras: la del carbón y su moderna tecnología y la de la sal, extraída a lomo de mula y sudor indígena.
Porque La Guajira no pasó a la industrialización como una gran parte del país, sino que convive, con algunos conflictos, con la mula y con el jet.
Y no sólo posee mar, sal y carbón. También es el único trozo de suelo colombiano que tiene en medio de millares de kilómetros de severo desierto, un oasis cubierto de nubes, hábitat de valiosas especies de flora y fauna: es el parque de la Macuira.
Y mientras en las inmediaciones de Barrancas se conforma E1 Cerrejón con la tecnología más moderna hasta ahora importada, en los pueblos circunvecinos existe aún el sistema de clanes matriarcales, se pagan dotes para el matrimonio, los funerales duran 40 días, las enfermedades las cura el piache-maestro tradicional de gran sabfduría-, y las parejas danzan durante largas horas, sin descanso, en la chichamaya, el baile típico. .A sólo 45 minutos
Un vuelo de Avianca de 45 minutos conduce desde la capital del país hasta la histórica ciudad de Riohacha, fundada en 1536 con el nombre de Nuestra Señora de las Nieves. Su estrecha bahía, y Boca Camarones, son sólo un adelanto de la tierra de la chichamaya y los jagüeyes, depósitos de agua dulce muy cotizados.
A partir de Riohacha, nace una prolongación de la Troncal del Caribe, ruda pero bella como el departamento a la que pertenece. En algunos tramos corre paralela a un mar donde aún sobreviven ostrales en playas límpidas, pobladas de conchas y caracoles.
En otros, la carretera (más valdría decir pista) se interna en el inmenso desierto y es interrumpida por cactus que crecen orondos en medio de el la. Es una línea que se adívina en medio de un compleja laberinto de trochas, abierta por los contrabandistas y los traficantes y que hoy sólo el guajiro (wayyú) puede interpretar.
Por esto la guianza y el uso de camperos de doble tracción conforman una importante fuente de empleo dentro de la industria turística del departamento; es la única forma de recorrerlo sin con tratiempos y son fácilmente contratables en la ciudad.
La primera sorpresa está a pocas horas de la capital, y después de atravesar las dos hileras de casas que conforman el municipio de El Pájaro. Es Musichi un santuario que se conserva gracias al sistema de parques,del Inderena, donde los flamingos rosados y negros tienen su hábitat en un estrecho corredor entre la carretera y el mar.Tierra blanca
A 60 kilómetros de la capital y entre el mar y el extenso desierto, está Manaure, la tierra de la sal, donde los nativos cambiaron sus redes y cañas de pescar por palos y rastrillos para la explotación de su recurso más próximo, el mar.
En este lugar, el Cáribe penetra en ensenadas y por la topografía del terreno, deja estancadas a parte de sus aguas. El soI evapora el agua y deja extensas playas salobres.
Entonces, cientos de indios de pieles curtidas, ataviados con un pequeño guayuco, acompañados por mujeres que se protegen del sol tiñendose el rostro de negro, pasan las horas con sus pies hundidos en las charcas, bajo el calcinante rayo de sol, recogiendo la sal.
Desde lo alto, la playa de Manaure semeja una blanca parcelación. Es como si una tecnología de avanzada le robara territorio al mar. Desde la carretera, la inmensa playa se ve interrumpida por millares de montículos salobres, el pan comer de sendas, que usan un método de extracción desde hace más de 500 años.Tierra de leyendas
Ciento veinte kilómetros después de Riohacha se encuentra por fin el Cabo de la Vela, "El camino de las almas", por donde los espíritus de los guajiros inician su camino después de la muerte hacia lo desconocido, según su religión.
En el camino, que en varias ocasiones abandona la playa para incrustarse en los desiertos de la Auyama y Carrizal, el Cerro de la Teta anuncia su proximidad. Después de tres horas de travesía lenta, a partir de Manaure, aparece por fin la Serranía del Carpintero, en una de las puntas del norte de Colombia y escenario del Cabo de la Vela.
La Serranía, con escasos veinte metros de altura, oculta el mar al paseante. Es necesario alcanzar la cúspide para observar él punto donde termina la tierra y los vientos, transportados por el óceano, tocan por primera vez tierra suramericana para chocarfuriosamente la cresta de la colina, y elevar al visitante invitando a seguir, como los guájiros, el camino de las almas. Ese viento arrasó con los manglares y creó el desierto. Ahí está el Cabo de la Vela, escenario de leyendas que se incrusta atrevidamente en el mar.Oasis en el desierto
A varias horas de allí, por una carretera prácticamente intransitable, y por una ruta que solo los guájiros pueden descifrar, está uno de los fenómenos na turales más interesantes del país.
Se trata de la Serranía de la Macuira, parque nacional natural, que con sus escasos 850 metros de altura, se convierte en una "isla vegetal" en pleno desierto.
Cubierta de una extraña y persistente nube, la Serranía presenta con su escasa altura y sin lluvias, una vegetación típica de páramo andino. La nube la protege del sol durante las horás del día desde una altura prudente: Pero desde tempranas horas del atardecer y hasta bien entrada la alborada, desciende en forma de neblina sobre el bosque de árboles enanos y retorcidos.
Al alejarse después de las siete de la mañana, deja gotas sobre las hojas de los árboles, que descienden y crean un ambiente húmedo propio para la existencia de un sotobosque de quitches y orquideas que recuerdan el olor a pesebre de los páramos andinos, sólo que 2.000 metros más abajo con respecto del nivel del mar. La nube se forma al chocar el viento con la montaña y condensar su humedad. Así se crea su ecosistema.
El bosque contrasta con el que cubre la parte baja de la Serranía, en los linde ros del pueblo de Nazareth, que está con formado por vegetación espinosa propia del desierto.
Llegar allí es arduo y arriesgado; la vía es difícil y son pocos los guías que la conocen. Pero la recompensa es grande, el refugio de flora y fauna que esconde dentro de un verdadero oásis, en gran parte es típico de zonas donde abundan las aguas dulces.Hacia la tierra negra
Bordeando la península o, directa mente desde el Cabo de la Vela, por una carretera que parte La Guajira en dos y que culmina en Puerto Bolívar, a pocos minutos del Cabo, es posible llegar a El Cerrejón, tierra de vida y de promisión, donde el desarrollo ha conformado un mundo encerrado, como otra isla en el desierto pero esta vez de abundancia y tecnología.
Allí el carbón ha transformado a los pastores en obreros. Conservaron su lengua, sus costumbres y su organización social de clanes durante cientos de años de lucha colonial; esta vez, ante el abandono y la pobreza, cejaron en la lucha, y asumieron elementos de una cultura más prometedora, sin conformarse a abandonar la suya.
Muy cerca está Maicao, la fragorosa ciudad del contrabando, y la diminuta Barrancas, con su única, pequeña y antigua notaría que un día empezó a registrar, con los mismos criterios que registraba el nacimiento de nuevas princesas, los inmensos trámites de El Cerrejón y Carbocol, y, con ellos, toda la esperanza económica del país, y Calabacito, un pequeño poblado otrora de vida tranquila, que hoy sufre la transformación hacia la riqueza por la vía de la droga y la delincuencia.
Esa es La Guajira, sorprendente tierra de contrastes, la del blanco y el negro que huele a sal y a leyenda, donde se mezclan los más encontrados extremos tan fácilmente como en una paella.
Tomado de la Revista Credencial No.4, marzo de 1987


GUAJIRA
En la zona norte de Colombia se desprende esta paradisíaca región que se incrusta en el océano Atlántico con todos sus encantos y contrastes. Un recodo de la geografía donde se entreveran playas relucientes, culturas indígenas, desiertos, carbón, sal, parques naturales, hacedores de versos y un horizonte diáfano que vincula al país con la inmensidad del Caribe. La Guajira, otro de los regalos naturales que aceleran nuestro orgullo a inquietan el espíritu de los viajeros que en cada excursión anhelan descubrir los atractivos de un país que tiene absolutamente todo.
LUGARES PARA VISITAR
Uribia. Es el municipio más extenso de La Guajira y considerado la capital indígena del país. Une la parte baja y la alta del departamento y en su territorio habita la comunidad wayú.
Santuario de Flora y Fauna Los Flamencos. Las hermosas aves de plumaje rosado que dan el nombre a este lugar, son las principales habitantes de esta reserva natural con muchas ciénagas y una temperatura pro medio de 27 grados C.
Alta Guajira. Región desértica por donde se hace una de las travesías más emocionantes de Colombia.
Parque Nacional Natural Macuira. Se podría denominar la zona verde guajira. Es un área aproximada de 25 mil hectáreas de bosque seco tropical que se forma en la serranía Macuira, la más alta del departamento (865 m.s.n.m.), y que es habitada por diversas especies de aves y mamíferos.
Cabo de La Vela. Escenario soñado por muchos para contemplar los colores del mar y la infinidad del horizonte.
Manaure. Municipio reconocido por la explotación que allí se hace de la sal marina y las bellas salinas que producen espectaculares colores cuando el sol las seca.
El Cerrejón. Complejo carbonífero a cielo abierto más grande del mundo, que se ubica entre los municipios de Maicao, Barrancas, Hato Nuevo y Albania. Para conocer esta inmensa industria, con tren y enormes buldózeres, es necesario tramitar previamente un permiso ante el centro de visitantes de la compañía. La visita guiada, sólo para personas mayores de doce años, dura aproximadamente dos horas a incluye una inducción sobre el proyecto y toda la explicación sobre la forma como se extrae el mineral.
Dibulla. Pueblo a orillas del mar sobre la Troncal del Caribe entre Santa Marta y Riohacha. Con tradición y una historia muy interesante por conocer, es cuna del compositor vallenato Carlos Huertas, quien menciona su terruño en El cantor de Fonseca, su tema más conocido. En este municipio, otrora habitado por la tribu guanebucanes, se rinde tributo a Nuestra Señora del Pilar, su patrona.
Maicao. Considerado como el principal centro de inmigración árabe de Colombia, también el más importante puerto terrestre de La Guajira al que llega gran cantidad de mercancía de Venezuela, país distante a sólo 12 km. En este municipio del oriente guajiro fue construida en 1997 la Mezquita de Omar Al Jattab, única en la región y una de las más importantes de Latinoamérica. Con particular belleza y de gran interés, la laguna Majayura y la Catedral de San José, son otros atractivos de Maicao.
Urumita. O "El jardín de La Guajira" como ha sido bautizado por estar enredado entre las montañas de la Serranía del Perijá y la Sierra Nevada de Santa Marta. Urumita quedó inmortalizado en el que es quizás el vallenato más reconocido a nivel mundial: La gota fría, que habla del municipio como escenario del enfrentamiento a versos entre los compositores Emiliano Zuleta Baquero y Lorenzo Morales.
San Juan del Cesar. En los bordes del río Cesar, en cuyas aguas cristalinas se hallan dos de los parajes más lindos del municipio: el Salto Corral de Piedra y el Pozo Turístico El Totumo, sitios muy frecuentados por los sanjuaneros. En San Juan del Cesar, al oriente de Riohacha, se celebra en el mes de diciembre el Festival Cuna de Compositores. El escenario para este evento, que congrega visitantes nacionales y extranjeros, es la tarima Juancho Rois de la Plaza Santander. La iglesia San Juan Bautista y corregimientos vecinos son espacios donde se detiene la atención en una correría por La Guajira.
Vlllanueva. Municipio del sur del departamento proveedor de famosos cantantes, compositores y músicos vallenatos. El talento de esta región se exalta todos los años en el marco del Festival Cuna de Acordeones realizado durante el mes de septiembre.
ARTESANÍAS
Los wayú son los creadores de las más famosas artesanías de La Guajira. Sus coloridos y muy bien diseñados tejidos, son artículos, que además de decorativos, hacen parte de los accesorios habituales de sus creadores. Mantas, mochilas y chinchorros con forman el surtido artesanal, especialmente de Uribia. También vitrinas de Colombia y el mundo se adornan permanentemente con estas creaciones.
GASTRONOMÍA DE LA GUAJIRA
El chivo asado, guisado o en una fritura denominada friche, representa el plato fuerte de la cocina guajira. Ya sea que lo cocinen los wayú o los mestizos del departamento, probarlo será un asunto de obligatoriedad para el viajero. Además del chivo, en Riohacha es muy común la preparación de la iguana y los mariscos.
Tomado del libro Guía de Rutas por Colombia, Puntos Suspensivos Editores, 2007


ALTA GUAJIRA
Una verdadera aventura, por uno de los territorios más inhóspitos de Colombia. En la Alta Guajira olvídese de dormir en buenos hoteles, comer en restaurantes finos y tener acceso a las comodidades citadinas. Esta es una travesía reservada para los que quieren disfrutar algo diferente, Ileno de emociones y lugares maravillosos, que muy pocos tienen el privilegio de conocer. Es un viaje al extremo norte de Colombia entre desiertos, salares, cactus, dunas, cascadas, playas y un mar alucinante; un viaje conociendo la recia cultura indígena wayúu, sus tradiciones, gastronomía y modo de vivir.
Dar la vuelta por toda la península en camperos 4x4, dormir en hamacas y en las rancherías de los wayúu. No hay vías plenamente establecidas, por lo que es fácil perderse si no se viaja con guía. Se parece a un rally todo terreno, pues hay jornadas de varias horas y es fácil quedar atascado en la implacable arena del desierto. Se inicia en Uribia y termina en el Cabo de la Vela; son 7 días durante los cuales la mejor recompensa es la belleza de los lugares a los que se llega y la amabilidad de los habitantes.
Llegando a Uribia. . Uribia es la capital indígena de Colombia y si quiere pasar la noche haga lo en el confortable hotel Jurasaín, el último que verá.
Hacia el cerro de La Teta y Huesosopo. De una vez arranca la carretera destapada y se interna entre vegetación de poca altura como trupillos y cardones. Luego de algún tiempo se cruza en el camino el cerro de La Teta, cuya aparición proviene de una leyenda indígena. Aquí hay una pequeña tienda. La otra estación es en la ranchería Huesosopo, de la familia indígena Fernández Epiego dueños de gran parte de esta zona. Su alrededor es de indescriptible belleza, rodeado por suaves colinas y donde se puede visitar un cementerio indígena cargado de gran energía. Se cuelgan las hamacas, se cena, seguramente un delicioso cabro frito, y se descubre el cielo colmado de estrellas, el mismo que lo acompañará las noches siguientes.
De Huesosopo a Puerto López. Luego de algunas horas de recorrido se arriba a la Flor de La Guajira, solitario lugar donde hay una tienda para descansar. Aquí ya aparece el mar con todos sus tonos de azules y verdes. Más adelante puede visitar Castilletes, puesto de control de la guardia colombiana, para luego llegar a Puerto López, un pueblo deshabitado con playas mágicas. Aquí se pasa la noche en la ranchería de Warpan o en la posada de Ursula Iguarán o en la playa.
Llegando a Nazareth. Son 3 horas aproximadamente, y ya se observa la Serranía de La Macuira, cubierta de vegetación; es el oasis del desierto. Sobre las laderas está Nazareth, población wayú en la que puede conocer el internado y caminar por las calles destapadas. Pregunte por las artesanías y un buen lugar para dormir es la ranchería de Blanca Suárez.
Nazareth. Al otro día el plan es internarse en el Parque Nacional Natural de la Macuira, un ecosistema de montañas y bosque que contrasta con la aridez del desierto. La caminata recomendada es hacia la cascada Ipakiwou (30 minutos), donde brota el agua formando un pozo del que no deseará salir.
Camino a Puerto Estrella. Al dejar la zona, el trayecto conduce a Puerto Estrella, otro caserío perdido en el desierto con una deliciosa playa llamada Naimao. En los alrededores hay que visitar la duna de los Patos y su preciosa laguna poblada de estos animales. Puede dormir en la playa o en el pueblo.
Punta Gallinas. En camino a Punta Gallinas debe detenerse en la Duna de Taroa, un paisaje arenoso que lo transporta a las imágenes del desierto del Sahara. En la tarde llegará a la ranchería de los Arens a la posada de Luz Mira Arens en Punta Gallinas que, además de ser excelente anfitriona, lo recibe con langosta, cabrito o langostinos. Prepare los sentidos pues este lugar, el más al norte del país es uno de los más lindos de Colombia; mar alucinante, playa solitaria, cielo estrellado y paz absoluta.
Emprendiendo el Regreso. El viaje debe seguir hacia Bahía Honda, en donde pasará el día observando de nuevo el hermoso mar y relajado en la playa. Aquí la dormida es donde los hermanos María Angela y Martín Girnu o en la bella playa de Pusheo.
El Cabo de la Vela y Manaure. Antes de llegar al Cabo, atravesará varias salinas que son extensiones enormes de arena y sal, donde la mirada se pierde en el infinito. Después del extenuante recorrido, la mejor recompensa es llegar al Cabo de la Vela. Tómese tiempo para observar los increíbles colores del mar. Camine por la extensa playa donde están las posadas turísticas y puede alojarse en alguna de ellas. Conozca también el Faro y el Pilón de Azúcar. De regreso a Uribia, hay que desviarse hacia Manaure, fascinante por poseer las salinas más grandes de Colombia. Aliste la cámara porque hay varias piscinas de sal que al secarse dejan ver los más espectaculares colores. Aquí termina el recorrido por un verdadero destino exótico.
Tomado del libro Guía de Rutas por Colombia, Puntos Suspensivos Editores, 2007


Dibulla, entre los ríos y el Caribe
Por Paola Benjumea Brito, especial para El TiempoEn las faldas de la Sierra Nevada se halla este municipio Ileno de riquezas naturales.
La idea de que La Guajira es una región desértica cambia cuando se atraviesa el paisaje dominado por el verde de Dibulla. A lado y lado de los caminos que conducen a este municipio guajiro, localizado en la Troncal del Caribe, se extienden árboles centenarios y plantaciones de frutas y tubérculos que le han dado vida a festivales como el del plátano, celebrado en octubre de cada año.
Recorrer sus tierras fértiles, bañadas por siete ríos que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta, es un verdadero placer para los sentidos. Por eso hay que hacerlo sin prisa para disfrutar de sus parajes, que van desde playas solitarias donde se levantan esbeltas palmeras hasta las límpidas aguas de los caudales que desembocan en el mar Caribe.
Uno de los sitios para ver es Palomino, un pueblecito costero de extensas y apacibles playas en las que lugareños y foráneos han construido cabañas de descanso, para refugiarse del ruido de la ciudad.
Desde allí también salen excursiones hacia el macizo montañoso, cuyos picos nevados, con alturas de 5.700 metros, se ven en las madrugadas despejadas del Caribe.
Guiados por nativos que alquilan mulas a 50.000 pesos. el turista se encuentra a solo seis horas de camino con varias poblaciones que albergan a los indígenas de las etnias kogui, arhuaco y wiwa.
En la escalada descubrirá la fauna y la flora de los bosques secos tropicales, así como de bosques húmedos de todas las temperaturas, incluyendo el páramo.
A escasos kilómetros de Palomino se ubica el club campestre Las Gaviotas, hasta donde se llega por un camino destapado, rodeado de cultivos de palma africana. En Las Gaviotas se mezclan las aguas del río Ancho con el mar, convirtiéndose en hogar de varias especies de aves y de crustáceos.
Las playas están formadas por frondosos árboles de almendros y cocoteros, ideales para acampar al aire libre. La diversión va por cuenta de paseos en lancha o por senderos ecológicos a pie o en caballo.
No tan lejos se encuentra el balneario El Bosque, a un lado de la carretera que comunica a los corregimientos de Palomino y Rioancho.
En medio de un ambiente natural, cercado de plantas tropicales de gran tamaño, puede disfrutar de un refrescante baño de río o, si lo prefiere, descansar sobre las enormes rocas que acompañan el recorrido del afluente hasta el mar.
Otro destino que no puede perderse es la Boca de Dibulla, donde los pescadores lanzan sus atarrayas tanto en el mar como en el río y los niños juegan partidos de fútbol en la orilla de la playa.
La Punta de Los Remedios, población reconocida por sus tradicionales fiestas de carnaval, también tiene su encanto. Su ubicación, en una especie de cerro, ofrece una vista privilegiada del mar y de los atardeceres de ensueño del Caribe.
Tomado del periódico El Tiempo, 10 de mayo de 2007


La Guajira, sin la tiranía del tiempo
por JUAN URIBE
En La Guajira no hay lugar para la prisa. Aquí todo se hace con una lentitud a la que la gente de la ciudad no está habituada y hasta los animales nos enseñan que la dictadura del tiempo, con su obsesión por dividir el día en horas, minutos y segundos, pierde su poder en la esquina norte de Colombia.
Con su aletear en cámara lenta, el pelícano gris que patrulla las playas del Cabo de la Vela en busca de su próxima cena espanta el afán y luego planea a ras de agua para cortar más suavemente el viento.
Con el fin de ahuyentar la prisa, el flamenco de plumas rosadas escarba pacientemente con sus patas zancudas en el fango de una laguna en Boca de Camarones en busca de la artemia salina, un molusco milimétrico del que obtiene su color.
En las guías turísticas se le advierte al viajero que se abastezca de agua antes de tomar camino por el desierto para ir en camioneta, por ejemplo, desde Riohacha - la capital del departamento - hasta Manaure. Sin embargo, además de ese consejo hace falta otro que es esencial: quitarse el reloj al llegar a La Guajira, porque en la península este objeto no tiene utilidad.
En el departamento más septentrional del país lo único que corre es la brisa, y se olvida la paranoia de los horarios y las citas. Aquí se viene a romper toda conexión con el mundo, y.,. cuando se llega al Cabo de la Vela, unas tres horas al norte de Riohacha, las complicaciones dejan de existir. Si se tiene hambre, el pargo y la langosta abundan en los botes que los pescadores traen de regreso a la playa; y si lo que hace falta es sueño, en el chinchorro que cuelga de una choza fabricada con yotojoro -una especie de madera que forma el corazón del cactus- se encuentra un descanso fácil.
Otro alivio con el que se tropieza el visitante en este lugar es el que recibe la retina, al hundirse la vista en un paisaje de aguas azules y verdes en el Ojo de Agua, una ensenada donde los pelícanos flotan tranquilamente, rodeados por rocas en las que florecen el cactus y el espinoso trupillo, un arbusto que resiste con estoicismo el calor áspero del desierto.
El Pilón, camino al cielo
A pesar de la relajación contagiosa que se respira en el Cabo, una mínima dosis de actividad física no hace mal para conocer otro lugar mágico, el Pilón de Azúcar, ubicado cinco minutos al norte de la playa donde se ven las rancherías wayúu. Se trata de una colina cuya cima parece alzarse a kilómetros de distancia;"pero a la que en realidad se llega -a paso lento, por supuesto- en no más de un cuarto de hora.
En lo más alto del Pilón me topo con un altar de la Virgen de Fátima y con otra de las razones por las que este sitio es tan atractivo para quienes huyen de la tiranía del tiempo y la civilización. "Es fantástico. No hay una taquilla en la que me cobren cinco dólares por subir hasta aquí" , dice Philip, un publicista irlandés que renunció a su trabajo en Dublín y ahora se dedica a viajar por Suramérica.
El ritmo pausado que se adopta como propio al andar en la playa del Cabo solo se rompe a veces con las ráfagas de viento que golpean por la espalda y obligan a caminar más rápidamente. La brisa, sin embargo, es la amiga que nos ayuda en el pueblo de Camarones, 20 kilómetros al sur de Riohacha, a llegar al 'restaurante' de los pájaros rosados.
Allí, en el Santuario de Fauna y Flora Los Flamencos, en la laguna de Navío quebrado, la improvisada vela de costal de un cayuco de siete metros de largo se infla con el viento del suroriente que impulsa la embarcación.
El bote, en el que caben 10 personas, está hecho de un solo pedazo del árbol llamado caracoli y tairda unos 40 minutos en llegar hasta. Mata Redonda, uno de los puntos donde almuerzan estas aves migratorias. Nos acercamos a no menos de 50 metros de donde cerca de 300 flamencos tienen clavados sus larguísimos pescuezos en el estuario donde reposan las aguas del río Camarones, antes de desembocar en el Caribe. Allí, además de la artemia sauna, comen larvas de camarón y de otras especies, y no se inmutan ante la presencia del bote de madera desde el que los observamos, mientras garzas, águilas pescadoras, cormoranes y gaviotas vuelan a pocos metros sobre el agua.
Luego de pasar tranquilamente algunos bocados, unos cien flamencos desenrollan su cuello en forma de ese y despegan despacio, tiñendo el cielo de rosados, negros, grises y blancos, para posarse en otro lugar de la laguna. Allí llegan sin afán, vuelven a escarbar el fango poco a poco y nos recuerdan que quienes van a La Guajira no están al alcance del dominio del tiempo.
Manaure, reino de la sal
Montañas blancas que se hacen más resplandecientes con la luz del sol rodean en Manaure un espacio abierto donde brilla el agua y en el que cabrían cuatro canchas de fútbol. Son las 5 de la mañana y a esta hora en las charcas, donde se re coge la sal que se bombea a través de inmensos tubos desde el mar, ya hay cerca de 500 personas, desde niños de 12 años hasta mujeres de 60.
Todos se ganan el pan de cada día gracias a la sal. Algunos la amontonan con palas en el centro de la charca; otros la cargan en carretillas en las que llevan hasta 50 kilos del mineral y hay quienes la reciben para formar con ella las colinas de hasta cinco metros que se ven desde la carretera.
El proceso ha sido el mismo durante décadas: luego de que el agua llega del mar, se evapora gracias al horno en que se convierte- este lugar con los más de 30 grados centígrados del desierto. Entonces entran en acción Éver y su cuadrilla.
Este muchacho wayúu de 20 años y cuerpo hercúleo es el jefe de un grupo en el que, además de él, trabajan cuatro personas desde las dos de la mañana. "Puedo llevar unas 100 carretillas cada día", cuenta mientras envía con la pala millones de granos de sal hacia la cima de un montículo que crece cada minuto.
Éver y sus compañeros trabajan hasta las 8 de la mañana y regresan a las charcas a las 2 de la tarde para continuar con su labor por cuatro horas más. De esta forma -asegura- cada mes se puede ganar un millón de pesos que se reparten entre los cinco miembros de la cuadrilla.
Tomado de la Revista Viajar No. 60, 22 de octubre de 2006

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